Friday, November 22, 2013

TARJETA SOBRE AZORIN

Siguiendo en este proceso de redescubrir a Héctor Rojas Herazo me gustaría compartir el siguiente texto de su autoria: 


TARJETA SOBRE AZORIN
Por: Héctor Rojas Herazo

Con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo.
Era un ciudadano como otro cualquiera, un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, y se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. “Tenga juicio y aprenda a estarse quieto, no grite nunca”, es la consigna de Azorín. Nada de aspavientos en esto de sentir y ver. Cuestión de tiempo, de paciencia y de tiempo. Tenía el silencio, la minuciosidad y la parsimonia, pero también la confianza en su trabajo, de un miniaturista japonés.
A Azorín le tocó, como saludable contrapunto, una generación de Do mayor. Por un lado el vozarrón de Unamuno, por el otro (solo las “sonatas” fueron escritas para clavicordio) la petulancia orquestal de Valle Inclán Maeztu que en el centro golpeaba duro en el pupitre (¡niños, niños, nada de recreo; eso era de aprenderse la lección!) cuando, a marchas forzadas y comandando dos generaciones de repuesto, llega Ortega. El gran publicista lo saca garante, más que su totemismo cogiativo, su limpia, su depurada gracia española lo que, muy a su pesar, tenía de azorinesco. El resto eran unos señores tremendos cejijuntos. Y cada uno de ellos, a su manera, vivió convencido de que tenía a España arrodillada, con unas orejas de burro colocadas por escarmiento en la cabeza, en un rincón de su aula de pedagogo. Se lamentaron de Unamuno, que acostumbraba a meterse huesos adentro en busca de sus fantasmas egolátricos y de unas virtudes nacionales que ya habían cumplido su oficio —que la pobre España, asustada por tanta alharaca, se acurrucó muchos lustros en la creencia de que era una niña culpable—. A Baroja lo salvaron su soledad y su tozudez de labriego. “De puro vasco y de puro bruto” como tan desen-fadadamente decía de sí mismo en sus memorias, con el único fin, eso se ve muy claro, de bajarle los humos al estentóreo rector de Salamanca.
Mientras tanto, con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera. Un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, que se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. Un buen parroquiano. Estuvo gordo el hombre en sus años de mocedad y madurez. Después le dio por las frutas, ¿ven ustedes? Alcanzó como premio una vejez delgada y transparente, una vejez apacible, sin artritis ni dolores en la vejiga. Era el único serio. Y lo que pasaba era que Azorín iba por el otro lado, exactamente por el otro lado. Su secreto, era el aplomo, los nervios en su sitio, el tono bajo. Nada de englotonamientos, ¿para qué ? Sabrá, como muy pocos en su oficio, que el escritor y su lector terminan por encontrarse a solas en una página. Y cuando esto ocurre ya no valen trucos. Su labor, pues, se redujo a comunicar —en la forma más diestra, honesta y rigurosa que le fue posible— lo que veía y sentía. Ya nos ha dado su fórmula. Es, ni más ni menos, la de un buen jornalero. “Cuando escribas —nos recomienda— pon una cosa después de la otra”. Oigase bien, como quien dice: si las echas de bulto, si las derramas y mezclas al azar o si las metes unas en otras, o te las das de muy sabido, te dañas el asunto. Y tal y como lo recomendaba lo hacía. El idioma no estaba acostumbrado a esta impecable humildad.
Buen caminador Azorín. Otra de sus claves. Y esto de caminar, de saber caminar, se entiende, tiene sus bemoles. Un arte aparentemente menor, es cierto, pero que se rige por leyes sutiles y complejísimas. Consiste sobre todo, vean la nadería, en paladear lo que se recorre. Ya esto, de contra, implica un juego doble: aprontamente en la morosidad. Los sentidos deben mantenerse ágiles, coordinados y atentos como galgos de caza. Se requiere, además, una ternura silenciosa, funcional, de la misma jerarquía de la compasión, para desentrañar la fidelidad a esos códigos memoriosos en que se desenvuelven conversaciones familiares; para ver la luz propia, el contorno y la energía de cada objeto; para desmontar y luego sumar armoniosamente cada fragmento de la totalidad. Todo esto conduce a quien lo ejecuta a descubrir la sutura —que de hecho es historia palpitante, tradición y carácter—entre el lugar, los utensilios y el habitante. Se está de cacería repetimos y a todo momento el dedo debe estar en el disparador. Entonces el agua, cuando atraviesa una prosa, fluye, sabe y oficia como agua. Igual con los ganados y con las mieses. Prueben a oler una parvada de trigo en un relato de Azorín y conocerán de nuevo —en Tolstoi o en Thoreau— la delicia de respirar la libertad, el perfumado equilibrio, la intensidad apasionada que atesora la atmósfera de un día estival. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con Gabriel Miró, para remitirnos a un coterráneo que se enfrentó a sus mismos problemas. El alicantino veía un campo y en seguida (no sabemos qué le picaba al buen señor en la cabeza) se dedicaba a calumniarlo con la mejor buena fe, aplicaba toda clase de galantes necedades a apesadumbrarlo. El resultado son esos cortijos, como las malas cortesanas, de albayalde y carmín.
El pincel de Azorín es fino. Mojado con los tintes precisos. Su línea es neta, segura. Su línea de un maestro. Tenía el don, otro de los frutos de su paciencia, de apretar lo sugerente. Una barda aquí, un sendero allá, unas techumbres de ópalo sobre un bloque que encalado en el centro y ya tenemos un pueblo. Adentro, encontraremos a los eternos personajes. Pero Azorín los conversa, los vive, los manosea, los acompaña. Miren lo cazurro. Se les va, por los entresijos, a ellos y a su contorno. Y en el mueble polvoriento, desfondado —con su tacto y finura de siempre, sin perder la compostura— no insinúa la muerte, y en la calma de una abuela que canturrea una nana, al rescoldo de su fláccido pecho, nos muestra las brasas de una venganza y en la sonrisa de la zagala, frente al pelotón lleno de uvas, el tiempo sutil, de la melancolía de amores, el enigma de una comarca.
Después, mientras se solaza con frituras y colaciones, a darle otra vez al asunto. A taladrar almas, a buscar la madeja en el laberinto. Pocos han caído en la cuenta de que Azorín es uno de los mejores novelistas de España. Sólo que él no trabaja de corrido. Nos deja muñones, cejas, mejillas, torsos de personajes. Eructos y ruidos en el pecho y el alma, suspiros. Alumbra la realidad. Mire usted que ese arcón junto al tinajero y esos retratos colgados ahí no más, a la derecha del armario, a pocos pasos de la puerta. Pues sí señor. Dentro de ellos, como un quieto pero rumoroso testimonio, están apetitos de mujeres en lechos bañados por la luna, orgullos de varón, pasiones sombrías, consejas. El crimen puede galopar en la noche, el duende sale, los jazmines están a punto de aromar una infidencia. Pero, eso sí, cuando la cosa se va a poner trágica, trágica de verdad, Azorín hace el esguince. Nos ama, ama el empalme y el equilibrio de la vida. Vuelve otra vez a su fórmula: nada de aspavientos, mis hijos tranquilos, a tener juicio. Y sigue hablándonos de tiestos con rosas, de hidalgos resecos, de caballos y mulas piafando, al amanecer entre un perfume de naranjos.
Pero lo que nos gusta sobremanera de Azorín, lo que explica que lo consideremos un gran novelista, es lo que tiene de listo, de entremetido, de buen pícaro. No puede ver una ranura, porque la vuelve brecha. Si le dan un dedo se coge toda la mano y, de encime, se carga con el santo y la limosna. En esa forma pudo meter en cintura, en la cintura de su estilo, muchos pueblos que ya no pertenecen a España solamente. Así, al desgaire, con su apacible rostro de notario (el del período cincuentón, el mejor y más productivo) se las sabía todas. Solo que la cuestión iba para su coleto y para el coleto de sus lectores. Claro, de todo esto, de tan rico y bien ejercitado vagabundaje, nos ha quedado la prosa más cuajada y substanciosa, la que destila mejores juegos, del lagor de los noventa y ocho. Azorín es el último de los clásicos españoles.
Lecturas Dominicales de El Tiempo,

12 de marzo de 1967.

Tomado de: http://www.lablaa.org/blaavirtual/modosycostumbres/cronicol/rojas.doc y http://en.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9ctor_Rojas_Herazo

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